Martines de Pasqually, fuente del martinismo
«Es el corazón del hombre el que hay que santificar...»
Históricamente, la doctrina Martinista nace de Martines de Pasqually (1710-1774), quien es, en muchos aspectos, su incontestable padre fundador y su primer profeta.
Taumaturgo y hombre de Dios, sus conocimientos seran la base directa de los escritos y el pensamiento de Louis-Claude de Saint-Martin, Personaje desconcertante, nacido en Grenoble, Martines parece haber heredado, sin duda por transmisión familiar, una enseñanza judeo-cristiana de la cual nadie, hasta hoy, por una casi total ausencia de documentos, ha podido determinar su naturaleza. Sin embargo, a través de su acción, y en muy pocos años, va a conmocionar la vida iniciática de numerosos masones al levantar una estructura que le hará célebre, conocida bajo el nombre de Orden de los Caballeros Masones Elus Cohen del Universo, y que inicialmente había bautizado como Orden de los Elus Cohen de Josue.
Martines de Pasqually dejará una enseñanza, o más exactamente legará una doctrina y un pensamiento firmemente establecidos. Éstos presentan características sorprendentes y sin embargo poseen una admirable coherencia, procurando sobre numerosos aspectos complejos de la Historia universal aclaraciones esenciales, ofreciendo a aquel que se molesta en acercarse a ellos entrar en la inteligencia de las causas primordiales y la comprensión de verdades que para algunos permanecian hasta entonces muy oscuras.
El Martinismo, del cual Martines formulará las primeras bases, posee asi un corpus doctrinal basado sobre un primer principio, resumiéndose en esta simple afirmación, que por otro lado recorre todo su Tratodo de la reintegración de los seres en su primera propiedad, virtud y patencia espiritual divina el hombre no se encuentra actualmente en el estado que fue el suyo originalmente; victima de una Caída de la cual es responsable. vive desde entonces como un prisionero, exiliado en el seno de un mundo y de un cuerpo que les son extraños.
Esta doctrina, cuyos numerosos elementos fueron inicialmente expresados en las Santas Escrituras, evocados por los Apóstoles, y luego, a lo largo de los siglos, por los Padres de la Iglesia, será piadosamente conservada, recordada, pero también igualmente desarrollada, precisada, enmendada, y sobre algunos puntos singularmente corregida, incluso a veces claramente enderezada de forma perspicaz y pertinente, por los dos discipulos más esclarecidos de Martines de Pasqually, como son Louis-Claude de Saint-Martin, llamado el "Filosofo Desconocido", y Jean-Baptiste Willermoz (1730-1824). Éste último trabajó en adaptar las enseñanzas martinesistas al simbolismo de la Masoneria Escocesa y a las estructuras caballerescas de la Estricta Observancia.
No dejaremos de recordar al respecto que la denominación "Martinista , primitivamente, antes de que Papus (1865-1916) y Augustin Chaboseau (1868-1946) expandan el término gracias a la fundación de una Orden conocida bajo esta apelación entre 1887 y 1891, que se beneficiará efectivamente de cierto resplandor, proviene precisamente de los Masones del Régimen Escocés & Rectificado establecidos en Rusia, designados de tal modo porque eran generalmente, más allá de su calidad de hermanos ligados a la Reforma de Lyon, adeptos más o menos activos de las prácticas de Martines, y sobre todo admiradores entusiastas del pensamiento de Louis-Claude de Saint-Martin, siendo incluso algunos, como Nicolai Novikof (1744-1818), discípulos directos e intimos del Filósofo Desconocido.
Originalidad de la vía "según lo interno"
De hecho, Saint-Martin habia establecido, a lo largo de sus escritos y en su actitud, una aproximación personal a las tesis martinesianas, distinguiendose de manera significativa al insistir muy pronto, molesto por la complejidad de las prácticas de los Élus Cohen, sobre la importancia de la recepción silenciosa e intima de la Palabra sagrada, así como sobre el carácter superior de la vía "según lo interno, por recoger una de sus expresiones favoritas.
Saint-Martin declaró abierta y firmemente que era inútil embarazarse con pesadas técnicas, que era inútil retrasarse con los elementales y los espíritus intermedios y que, al contrario, convenía abrirse directamente, a través de una sincera purificación del corazón, a los misterios de la regeneración del Verbo en si mismo. Sostuvo que: "La única iniciación que predico y que busco con todo el ardor de mi alina es aquella por la que podemos penetrar en el corazón de Dios, y hacer entrar al corazón de Dios en nosotros, para hacer un matrimonio indisoluble que nos haga el amigo, el hermano y lu esposa de nuestro Divino Reparador. No hay otro medio para llegar a esta santa iniciación que el de sumergirse, cada vez más, hasta las profundidades de nuestro ser y de no retroceder hasta que no hayamos llegado a obtener la viva y vivificante raíz, porque entonces todos los frutos que tendremos que llevar, según nuestra especie, se produciran naturalmente en nosotras y fuera de nosotros, tal como vemos que ocurre pura nuestros árboles terrestres, porque estan adheridos a su raíz particular, de la que no dejan de bombear su savia" (Carta de Saint-Martin a Kirchberger, 19 de junio de 1797).
Alejándose entonces de prácticas que juzgaba peligrosas y demasiado exigentes. Saint-Martin, que disentirá por sus propósitos con algunos de los antiguos alumnos de Martines, preconizará (en lo que no deberíamos de llamar Martinismo, para disipar numerosos equivocos, sino Saint-Martinismo), un retorno a la simplicidad evangélica, y se convertirá en el ardiente profeta de una unión sustancial con lo Divino, unión en la cual debe absolutamente dominar el desprendimiento, el silencio y el amor.
El Filósofo Desconocido, en efecto, no dudará en defender y animar la posibilidad de un trabajo operativo altamente espiritualizado, apartando las trampas que no dejan nunca de producir aquellos procedimientos demasiado dependientes de las manifestaciones fenoménicas.
Pero ¿qué originaba tal actitud, tanto más sorprendente en cuanto que procedía del mismo secretario de Martines, de aquel que había sido, en los años anteriores a su desaparición, el colaborador más cercano y el ayudante privilegiado del maestro? E misterio que, incluso en el siglo XVIII intrigaba y a veces perturbaba a aquellos versados en estos temas, sigue persistiendo hoy en día y sigue alimentando las legitimas reflexiones y numerosos interrogantes de los "hombres de deseo.
En realidad, la necesidad de la interioridad, de la via puramente secreta, silenciosa e invisible, la justifica Saint-Martin por la debilidad constitutiva de la criatura, su completa desorganización y su radical inversión, sumergiendo por ello a los seres en un medio infectado, una atmósfera viciada y corrupta, que acechan cada uno de nuestros pasos cuando nos alejamos de nuestra fuente, ponen en peligro nuestro espiritu cuando, por imprudencia o presunción, nos atrevemos a salir de los limites de los dominios serenos protegidos por la apacible sombra de la profunda paz del corazón.
"Apenas el hombre da un paso fuera de su interior, estos frutos de las tinieblas le envuelven y se combinan con su acción espiritual, como su aliento, nada más salir de él, estaria apresado e infestado por miosmas putrefactos y corrosivos si respirase un aire corrupto (). Cuántos peligros corre el hombre en cuanto sale de su centro y entra en las regiones exteriores .
(Ecce Homo, § 4)
El hombre debe entonces convencerse de que no hay nada que esperar de las regiones extrañas, debe, por contra, trabajar, cavar en si mismo para descubrir las preciosas luces sepultadas que esperan ver la luz y, finalmente, ser llevadas a la revelación. Los tesoros del hombre no están situados en lejanos horizontes inaccesibles, están a sus pies o más exactamente en su corazón: permanecen pacientemente disimulados, resplandecen secretamente, eclipsados y olvidados, bajo el ruido permanente de la agitación frenética que llevan, en una inverosimil y esteril carrera, sus energias hacia realidades no esenciales y periféricas.
Saint-Martin insistirá con fuerza sobre este punto:
"Por sus imprudencias, el hombre está sumergido perpetuamente en abismos de confusión, que se vuelven tan funestos y oscuros que engendran sin cesar nuevas regiones opuestas unas a otras y hacen que el hombre se encuentre dispuesto como en medio de una espantosa multitud de potencias que le agarran y le arrastran en todas direcciones, seria un verdadero prodigio si quedase en su corazón un saplo de vida y en su espiritu una chispa de luz. (...) la verdadera obra del hombre ocurre lejos de todos estos movimientos exteriores."
(Ibid.)
La necesaria purificación del corazón
La verdadera obra ocurre efectivamente lejos del exterior y de los movimientos insensatos, porque es en el interior, tras el segundo velo del Templo, que discurren los ritos sagrados, que ocurren el auténtico culto espiritual y la divina liturgia celebrados a través del ejercicio constante de la oración y la adoración.
He ahi la labor santa, la pura ocupación, la primera vocación de aquel que está destinado al servicio de los altares de la Divinidad. Nuestra oración debe ser un canto puro, un bálsamo sublime, un incienso de buen olor porque es la dulce ocupación a la cual el hombre debe consagrar sus días e, igualmente, "consagrar" su ser, porque es lo que Dios, en su insondable amor, aguarda y espera de sus hijos.
Esta actitud, que pudo sorprender al principio a los amigos de Saint-Martin, la mayoría adeptos instruidos en busca de îniciaciones con titulos prestigiosos, curiosos o letrados, personas del mundo en busca de conocimientos misteriosos, acabará lentamente por imponerse a los mas sensibles y despiertos a las piadosas verdades, y les parecerá como el único camino, seguro y elevado, dispensador de inefables beneficios y numerosos frutos, a la vez que otros, desgraciadamente, no alcanzaban a comprender, no veian lo que originaba esta actitud en el Filósofo Desconocido la cual defendía en sus obras, actitud tan novedosa y sorprendente, incluso chocante para muchos de ellos acostumbrados a los fastuosos decoros de las recepciones masónicas, a la superficial gloria de los títulos y cargos, aún más fascinados por las impresiones sensibles que provocaban ciertas prácticas extrañas y poco comunes, enseñadas por algunos maestros reputados y famosos, tan preciados en el siglo de las Luces.
El ejercicio constante de la oración y de la adoración
Si bien Martines insistia principalmente sobre la naturaleza horrible y tenebrosa del crimen de nuestro primer pariente según la carne, Saint-Martin se inclinará, con una atención acrecentada, demostrando una excepcional capacidad de percepción hacia los diversos engranajes del alma humana, sobre el lamentable estado en el cual se encuentran interiormente y en la actualidad los hijos de Adán, y advertirá de la profunda degradación y decadencia que les aflige, que no solo les hizo perder su estatus privilegiado con respecto al Creador, sino también les disminuyó en todas sus facultades y, en particular, les condenó a una cuasi "muerte moral".
Esta tragica situación, que caracteriza la humanidad actual, golpeará y afectará tanto a Saint-Martin que considerará, no sin razón, como vana y esteril cualquier acción que no conlleve coma condición previa y absoluta una verdadera "purificación, y eso antes de cualquier empresa de instauración de un contacto o diálogo con el Cielo. El hombre se encuentra en tal estado de abyección, resalta Saint-Martin, que debe, antes de nada y en primer lugar, reconocerse como un miserable pecador y humillarse profundamente ante el Señor, a fin de esperar poder atreverse a dirigirse al Eterno tras pasar por las diferentes etapas del arrepentimiento.
Por lo tanto, se entiende lo que pudo conducir a Saint-Martin a afirmar: "La oración es la principal religión del hombre, porque ella es la que une nuestro corazón con nuestro espiritu..." (La Oración, en Obras póstumas), porque la mayor intuición que apareció en su pensamiento fue darse cuenta, en una especie de viva (luminación, de que el hombre, a pesar de todos sus esfuerzos movilizando mil y una técnicas, desarrollando un aparato complejo compuesto de ritos, invocaciones, gestos simbólicos, si no transforma radicalmente su corazón, se agita en vano y permanece siendo, desgraciadamente, como dijo el Apóstol Pablo, un triste e inútil "bronce que suena o cimbalo que retine" (1 Corintios 13:1).